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Niño Azul

 

 

El instrumental medico brillaba sobre una pequeña mesilla rodante, y sus dedos temblaban. Siempre era así antes de cada operación. Cuando empezaba, aquella mano particular se convertía en un trozo inmóvil de madera que dejaba trazos precisos sobre la piel insensible de los pacientes dormidos. Aquella precisión que cobraban sus manos, se había hecho poco a poco indispensable para cateterizar aneurismas y suturar aortas. Esta precisión, que fue creciendo en él desde sus tiempos de estudiante era ahora, algunos años después, el puntal mas firme de su carrera.

Algunas pinceladas de plata habían caído ya sobre sus sienes y sus ojos oscuros le daban un aire nostálgico que no sabia disimular, se sumaba a esto la singular entonación de sus palabras que se arrastraban siempre hacia un suave silencio que todo el mundo sabía respetar.

La fuerte luz caía perpendicular sobre sus manos y aquel pecho aparentemente inanimado se iba abriendo poco a poco ante la insistencia de las pinzas y los bisturís dejando ver un pequeño y pujante caballito azul que no cesaba de bombear en algún trance rítmico de desconocidos compases frenéticos.

Estos movimientos –pensaba- eran la parte visible de una música que no sabíamos escuchar, quizás porque para hacerlo, hubiéramos necesitado desprendernos de nuestros oídos. Los sentidos –pensaba- eran nuestro punto de partida para comprender el mundo, pero en algún momento tendríamos que dejarlos. El misterio de la vida no se nos manifestaría (si algún día sucediera) a través de ellos.

El corazón se detuvo sin inmutación de las manos que abrazaban las pinzas. Un pequeño corte. La reparación de la válvula malformada. Una hora, dos horas. Solo podíamos imaginar el ritmo sin oírlo. Un dos, un dos, un dos. Tres horas. Listo. Todo esta bien, cierren ustedes. Yo me voy.

Sus zapatos de suela de goma estaban envueltos en babuchas de tela estampada de mickys y plutos por todas partes al igual que su mandil, su gorra y su cubridor de boca. Caminaba a lo largo del pasillo. Se detuvo junto a mí y se quedó unos eternos segundos con los ojos sobre el monitor que mostraba el proceso de sutura por capas de los médicos auxiliares y a aquel caballito rojo galopando contento en el interior de aquel pecho tan pequeño: uno dos uno dos uno dos.

Al ritmo de sus caderas cabeza y manos se fue caminando por el pasillo, uno dos, con su indumentaria repleta de mickys y plutos uno dos, uno dos, uno dos.

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